La Paz
Foto: Daniela Núñez / /
La historia de la boliviana Mónica Calasich empieza en La Paz, en el corazón de una ciudad que parece suspendida entre montañas. Su padre llegó del Adriático, de Dalmacia. Esa tierra, bañada por el mar y marcada por siglos de historia, siempre ha estado presente en la memoria de su familia.
- Desde niña crecí contemplando una geografía única: una inmensa hoyada iluminada por miles de luces, rodeada de nevados y protegida por la presencia imponente del Illimani, ese celoso guardián que marca el horizonte paceño. La Paz, conocida después como Ciudad Maravilla, no solo fue el lugar donde nací; fue también el paisaje que formó mi carácter, mi sensibilidad y mi manera de mirar el mundo.
Soy la menor de cuatro hermanos y crecí en una familia donde convivían distintas herencias culturales. Por mi padre recibí la herencia croata; por mi madre, la española y francesa. Ambos nos educaron transmitiéndonos valores, disciplina y principios, pero también la capacidad de comprender las complejidades de la cultura europea y boliviana. En ese hogar aprendimos que la identidad no es una sola raíz, sino un árbol completo, hecho de memoria, esfuerzo y pertenencia.
La presencia de la familia Calasich en Bolivia se remonta a la llegada de mi bisabuelo Miguel, quien arribó muy joven al país a finales de 1800 y contrajo matrimonio con mi bisabuela Neftalí. De ellos heredamos no solo un apellido, sino una historia familiar marcada por el honor, el servicio y la fortaleza. Sus hijos conservaron y transmitieron relatos que para nosotros tienen un valor casi épico: mi abuelo fue distinguido con honores por el Presidente de la República de Bolivia, y su hermano es recordado como héroe en la Guerra del Chaco. Son legados que llevamos con orgullo quienes descendemos de esa historia.
Nuestros padres nos formaron con una profunda conciencia de responsabilidad, trabajo y dignidad. Ellos supieron enseñarnos que el origen no se reduce a un lugar de nacimiento, sino que también vive en los valores que se transmiten de generación en generación - destaca la politóloga boliviana.
Croacia ha estado presente en la vida de Mónica desde su infancia.
- En la casa de mis abuelos paternos, en el escritorio de mi abuelo, había un mapa de Croacia que cubría toda una pared. Estaba señalado con una frase sencilla, pero profundamente poderosa: “venimos de aquí”. Yo lo miraba sin comprender del todo su significado, pero con una sensación íntima de pertenencia. Aquel mapa era una reliquia familiar, pero también una puerta abierta hacia una historia que, con los años, terminaría llamándome cada vez con más fuerza.
Nuestros padres nos llevaban a las reuniones de la comunidad croata. Eran tardes inolvidables de juegos, encuentros, videos, sabores y relatos de Croacia. Salíamos siempre ilusionados y felices, con la sensación de haber compartido algo muy nuestro, aunque estuviera al otro lado del mundo. Muchas de esas personas que conocimos en la infancia se convirtieron, con el tiempo, en vínculos entrañables.
Con los años, junto a mi esposo (también descendiente croata) y otras cien personas, fuimos fundadores de la comunidad croata de La Paz. Ese paso fue determinante en mi vida. Desde que conformamos la comunidad, se avivó aún más mi interés por la historia de Croacia. Aprovechando el espacio de la academia, pude profundizar mis conocimientos sobre la tierra de mis ancestros, un camino que me permitió desarrollar investigaciones en los encuentros internacionales de Procesos Migratorios entre Croacia y América del Sur, que posteriormente serían publicadas en las memorias del IMIN de Croacia - expresa la boliviana de origen croata.
El vínculo de Mónica con Croacia no era solo familiar o afectivo, sino también intelectual, histórico y profundamente comprometido.
- Entonces se afianzó en nosotros la decisión de venir a Croacia. No solo para reencontrarnos con nuestras raíces, sino para aportar, desde nuestra experiencia y nuestro trabajo, a su grandeza y desarrollo. Mi vida familiar ha sido siempre el centro de mi historia. Soy madre de tres hijos, quienes hoy son profesionales y han formado sus propios hogares. También soy abuela de una niña preciosa, que representa para mí la continuidad más luminosa de nuestra historia. Mis hijos han sido la razón de mis mayores batallas, mi mayor orgullo y el motor de cada decisión importante. La familia, para mí, siempre ha estado primero.
Mi formación como politóloga, mi trabajo en derechos humanos, la lectura, la historia y los viajes me permitieron conocer distintos países y comprender mejor las culturas del mundo. Pero cuanto más conocía otros lugares, más fuerte se hacía la necesidad de entender mis propias raíces. Croacia dejó de ser solo una memoria heredada para convertirse en una búsqueda consciente y, finalmente, en una decisión de vida.
Comparto este amor por Croacia con mi esposo. Ambos sentimos desde hace años una necesidad profunda de contribuir con el país de nuestros abuelos. Unos lo llaman identidad, otros llamado de sangre. Para nosotros fue, sobre todo, una certeza: había llegado el momento de vivir plenamente ese vínculo y poner nuestra experiencia al servicio de la tierra de nuestros ancestros - expresa Mónica.
Mónica y su esposo tomaron la crucial decisión de trasladarse a Croacia.
- Llegar a Zagreb significó cerrar un ciclo y abrir otro. Desde nuestra llegada hemos vivido experiencias sorprendentes: paisajes exuberantes, una cultura que nos resultaba familiar, una cálida bienvenida y la paciencia de vecinos y amigos que se volvieron cómplices de nuestro aprendizaje. Por supuesto, migrar exige humildad. Es importante entender que el país no se adapta a uno; es uno quien debe adaptarse al país que lo recibe.
Luego llegó mi hija Daniela. Después de terminar su carrera, estaba lista para integrarse a Croacia, y le ocurrió exactamente lo mismo que a nosotros: fue amor a primera vista. Croacia enamora cuando uno llega con el corazón abierto y con la disposición de adaptarse. Hoy existen también planes para mis otros hijos, porque todos queremos contribuir con nuestro trabajo, nuestra formación y nuestra historia familiar.
Venir desde la Ciudad Maravilla hasta la tierra de nuestros ancestros no ha sido solamente un viaje geográfico; ha sido un regreso emocional, histórico y espiritual. Soy una persona profundamente agradecida. No siempre la vida permite cumplir los sueños más íntimos. Nosotros sí pudimos hacerlo. Tal vez porque comprendimos que migrar requiere preparación, estabilidad y lo que yo llamo un sistema de soporte. Nuestra experiencia profesional y el trabajo remoto nos permitieron construir ese anclaje. Hoy somos también el punto de apoyo para que nuestra familia pueda mirar hacia Croacia como una posibilidad real.
Mi historia, vista en perspectiva, es una línea de continuidad entre generaciones, territorios e identidades. Nací en la Ciudad Maravilla, bajo la mirada del Illimani, y mis ancestros vienen del Adriático. Entre La Paz y Dalmacia, entre Bolivia y Croacia, entre la memoria familiar y el futuro que estamos construyendo, he comprendido que a veces migrar no significa partir, sino volver al lugar que siempre habitó silenciosamente en nosotros - concluye Mónica Calasich.
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