Foto: osobna arhiva/ustupljena fotografija Foto: osobna arhiva/ustupljena fotografija

- Soy egresada de la Facultad de Humanidades y Artes de la Universidad Nacional de Rosario y formo parte del Centro de Estudios Antropológicos en Contextos Urbanos de la misma Universidad. Intento profundizar en los movimientos de la gente de Hvar y especialmente la de Dol, desde las últimas décadas del siglo XIX hasta el período de entre guerras.

Resido en pleno corazón de la pampa húmeda, lugar que en las primeras décadas del siglo XX llegó a ser el granero del mundo por su gran producción agrícola y fue elegido para radicarse por muchos labriegos de Dol, de la isla de Hvar. La mala situación económica, el mar que rodeaba la isla y las piedras que las cubrían, no llegaban a satisfacer las necesidades de las familias.

Y la inminencia de otra guerra movilizó a emigrar a muchos de ellos, como es el caso de mi abuelo Petar Posincovich - señala la antropóloga argentina. 

Los dos apellidos de Cristina Soljan Posincovich dan cuenta de sus raíces croatas. Son originarios de la isla de Hvar.

- Los abuelos paternos Soljan eran de Rudina y los abuelos maternos Posincovich de Dol, un pequeño pueblo que tiene una historia de mil años y que data del siglo V antes de Cristo. Desde esa historia tan remota se conocen dos pueblos Dol: los denominados hoy Dol de Santa Ana y Dol de Santa María. Mis abuelos tenían su casa en Dol Santa Ana y allí nació mi madre Antica.

En esa tierra los labriegos trabajaban de sol a sol entre las piedras, cuidando las cabras, los olivares, las parras, las lavandas. Las mujeres eran las que secaban la fruta al sol, recogían las uvas y preparaban el prensado para obtener el mosto para la elaboración del vino. Así lo hacían mi abuela Mare y mi madre Antica.

Mi abuelo Petar, quien luchó en la guerra de 1914, había partido a la Argentina en 1928 por temor a una segunda guerra. Trabajó la tierra de campos ajenos y envió los pasajes a su esposa y su hija de 11 años, ordenando que Luka, su hijo de 17 años, debía quedarse en Dol, ya que tenía la obligación de hacer servicio en el arma para no ser considerado como desertor por el gobierno yugoslavo. 

Ni la madre ni la hija querían abandonar el pueblo para viajar a Argentina.

- Mi abuela porque le apenaba dejar solo a su hijo tan jovencito y mi madre porque amaba a su pueblo, a sus abuelos y a sus compañeros con los que salía a recorrer toda la aldea, entre senderos de pinos y lavandas, escapándose de la escuela. De nada valieron sus pesares, debieron partir los primeros días de febrero de 1934 desde Génova en el barco Neptunia.

Para mi madre Antica el viaje fue increíblemente divertido y hermoso. Se escabullía de segunda clase y subía a primera, lo cual estaba prohibido; admiraba sus comodidades y lujos, con sus salones de espejos dorados y se divertía con los niños italianos tirándose unos a otros los almohadones.

Pero para mi abuela Mare no fue tan placentera la travesía, fueron duras jornadas. Entre días y noches de mareos pasó casi todo el viaje acostada en el camarote recibiendo las quejas de los camareros sobre el comportameinto de su hija. Entre estos relatos que escuché de mi madre, recuerdo la alegría que reinaba a bordo y que contrastaba con la tristeza de mi abuela. Es que mi abuela sabía que no volvería a ver a su hijo; había quedado allá, solo, con los viejos abuelos y cuidando el campo. 

Foto: archivo personal

Mare y su hija Antica llegaron al puerto de Buenos Aires a mediados de febrero de 1934.

- Ambas con los ojos cargados de paisajes de ensueño, montañas, islas, mares, maravillas medievales rodeadas de lavandas. Allí las esperaba mi abuelo Petar. Tomaron un tren y arribaron a estas llanuras santafesinas donde llenaron sus noches de insomnio con el recuerdo permanente de Dol y de la isla. Les desagradó la tierra y el barro que se formaba con las lluvias, el chistido de las lechuzas las asustaba, todo eso era desconocido para ellas.

Mare siempre con su pañuelo cubriéndole la cabeza, juntando el maíz y haciendo el pan. Nunca aprendió español, no quiso hacerlo porque creía que así podía estar más cerca de su gente de Dol, o no lo necesitó ya que en su casa todos hablaban el idioma croata. Además vivían en el campo rodeados de algunos vecinos croatas, paisanos oriundos de Hvar, los nuestros como decía ella. Se visitaban y ella freía unos buñuelos y unas masitas, que hacía con un sabor tan especial, que ni mi madre ni yo nunca logramos hacerlo.

Las cartas que llevaban las noticias tan ansiadas de la isla lejana demoraban dos meses en llegar.

 - Mare no sabía leer y escuchaba atenta la lectura de boca de Petar o de Antica. Hasta que en 1937 una carta trajo la terrible noticia, Luka había muerto en Serbia en el arma, dejando a su viuda Marija embarazada; nunca se supo cómo murió ni dónde lo enterraron. Mare lo lloró amargamente y usó luto hasta el final de su vida, miraba siempre su gran retrato cubierto con un trapo blanco para que la luz no la opaque, nunca superó esa triste noticia.

En 1943, durante la Segunda Guerra Mundial, los fascistas italianos arrasaron pueblos enteros en Dalmacia en su lucha contra los partisanos e incendiaron casas, entre ellas la de los Posincovich. Es así que Marija con su hijita, mi prima Marica a quien su padre nunca conoció, debieron irse a vivir a Dol Santa María con sus padres Duzevich, hasta que pudieron arreglar la casa con la ayuda que les enviaron mi madre y mi abuelo. 

A los pocos días de llegar a Argentina, Antica asistió a la escuela. Pero como no sabía hablar español, la maestra la mandó con los niños más pequeños de primer grado. Ellos se burlaban de su forma de hablar y de vestir. Ella lloraba todas las noches pidiendo volver con sus compañeros de la escuela de Dol. Fue tan grande su dolor y su añoranza que ya no quiso ir más a la escuela. Pasó sus años adolescentes entre los campos de trigo y de lino y en las plantaciones de maíz, cuyas espigas, tanto ella como Mare, debían juntar durante largas jornadas.

Aprendió a hablar y a escribir en español comprando revistas en la librería del pueblo y charlando con sus nuevas amigas argentinas. Aprendió costura con una modista del pueblo, adonde iba todas las semanas a caballo o a pie. Confeccionaba la ropa para todos, sus vestidos eran hermosos y ella también. Los bailes que se organizaban la tuvieron como protagonista principal desde que cumplió sus 15 años, con mucha ilusión y con el dulce recuerdo de su hermano y sus abuelos en la isla de Hvar. 

La familia Posincovich no vive en el pueblo de Dol, que actualmente tiene solo 310 habitantes, mientras que en la primera década del siglo XX contaba con casi 1300.  

- Mi prima Marica, sus hijos y sus nietos, a quienes visité en 2003 y en 2018, viven en Stari Grad. Algunos nietos estudian en Split y el nieto mayor trabaja en Alemania.

Puedo decir que me agradó mucho recordar y escribir esto porque se dice que la historia de la emigración se puede contar de muchas formas: con el foco iluminando a los que emigran o tratando de desenmarañar los hilos que tejen ese fenómeno social, con el desgarro de quien la ha vivido como protagonista o con el distanciamiento del reporte académico. Yo elegí la primera forma.

Envío un saludo afectuoso a mis familiares de Stari Grad y a todos los oyentes de La Voz de Croacia. Y deseo que, una vez que pase esta pandemia que está azotando al mundo, pueda visitar nuevamente la tierra de los míos. Petar, Mare y Antica soñaron con volver a Croacia, pero nunca pudieron hacerlo - destaca Cristina Solián Posincovich, antropóloga argentina de origen croata.