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Cristina Solián Posincovich publicó su libro “Entre yugoslavos y croatas. Migración, voces e identidades en Rosario y localidades de la pampa húmeda”.

- Realicé entrevistas a migrantes croatas, a sus hijos y nietos residentes en la ciudad de Rosario y en los pueblos aledaños, quienes dan cuenta de la construcción de identidades entre migrantes que se reconocen como yugoslavos y otros como croatas. El objetivo de esta investigación fue describir los procesos de construcción de identidades de migrantes procedentes de la Península Balcánica, una región que estuvo en contextos de sucesivas transformaciones políticas, socioculturales y de fronteras cambiantes.

En general, participo en el Centro Croata de Rosario asistiendo a distintas actividades culturales, como muestra de cuadros de pintores descendientes de croatas, actividades culinarias que fomentan costumbres de la patria, enseñanza de la lengua croata. La presentación de mi libro estuvo organizada en esa institución, como así también en el programa Bar Croata, que ya cuenta con más de 10 temporadas difundiendo la cultura, la música, el deporte y noticias de actualidad de Croacia - destaca la antropóloga de origen croata.

En Argentina el apellido Soljan se transformó en Solián.

- Mi abuelo Antonio emigró de Mala Rudina, un pequeño pueblo de la isla de Hvar. Llegó a Argentina y contrajo matrimonio con Dominga Dulcich, quien siguió sus pasos desde su pueblo natal. Mi madre, nacida en el pueblo de Dol, emigró a Argentina con mi abuela en 1934, a los 11 años de edad. Mi abuelo Pedro Posincovich las esperó en el puerto, él había emigrado unos años antes y se alojó con su hermana mayor.

Mi abuelo sintió pesares de la guerra en la que luchó en 1914 por el Imperio Austrohúngaro. Como era devoto de San Antonio, le hizo una promesa: “Si me salvo de la guerra, voy a construir una pequeña capillita con su imagen en cualquier lugar que esté”. Al  finalizar la guerra emigró a la Argentina por temor a que se desate otra contienda y cumplió su promesa. Aún hoy se conserva en el pueblo al que emigró la imagen del santo con una placa que recuerda su promesa - afirma Cristina Solián. 

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Cristina tenía muchos deseos de conocer la madre patria de sus ancestros.

- Tanto los relatos que escuché desde muy niña de boca de mi madre, como la promesa de mi abuelo de llevarme a Hvar y las cartas de ultramar que leían en voz alta en mi casa apenas llegaban, despertaron en mí el deseo de conocer Croacia y a mis familiares, residentes actualmente en Stari Grad. Por eso el año 2003 realicé un corto viaje a Croacia.

Llegué a Split, tomé el ferry a Stari Grad donde me esperaba mi prima Marica, a quién reconocí inmediatamente por algunos rasgos de mi madre, mi emoción fue tan profunda. Mi comunicación fue muy fluida, a pesar del escaso manejo del croata, ya que usé algo de aquel viejo dialecto dálmata que había aprendido en mi niñez y que algunos habitantes mayores de la isla en ese tiempo aún reconocían. Durante mi corta estadía visitamos a los hijos de mi prima y el palacio del poeta Petar Hekterović.

Lo más conmovedor fue llegar al pueblo de Dol, donde recorrimos los campos de lavanda y olivos que aún pertenecen a la familia y la casa natal de mi madre que fue vendida hace años. También pasamos por Rudina, allí me emocionó conocer la casa de mi abuela y descubrir que uno de los pocos habitantes era un primo de mi madre - enfatiza Cristina. 

Las experiencias familiares, culturales y la hermosa geografía de las islas dálmatas la llevaron a organizar otro viaje a Croacia el año 2018.

- Esta vez con más tiempo para conocer y disfrutar un poco más. En esa ocasión Zagreb me impactó, una cuidad joven a pesar de la historia casi milenaria de sus calles y sus plazas. Los bellísimos jardines, parques y fuentes que hacen de ella una de las ciudades más verdes de Europa. Estando en Split, la ciudad más bonita de Croacia, recorrí algunos puertos cercanos: Omiš y Trogir. Stari Grad, la ciudad más antigua de Europa fundada por los griegos en el año 384 A. C. fue mi lugar en el mundo por varios días, allí me alojé nuevamente en la casa de mi prima Marica, frente a la cual está la Iglesia de San Pedro y su Museo Histórico.

Recorrer con más tiempo Dol, almorzar un excelente pescado tal como me lo había descrito mi madre, visitar  los bellos pueblos de Hvar como Jelsa, Vrbovska, Vrbanj y pasar otra vez por Rudina, fue lo que más disfruté. Tanto, que decidí volver con mi nieto.

Mi deseo es que, una vez que pase la pandemia que azota al mundo en este momento, pueda estar allí junto a mi tan querida familia de aquel lado del globo. Mientras tanto, envío un saludo afectuoso a mis familiares de Hvar y a toda la gente de Croacia - concluye Cristina Solián Posincovich, antropóloga argentina de origen croata.