Padre Lino Pedišić (Foto: Gentileza de Magdalena y María Paulina Vlaho) Padre Lino Pedišić (Foto: Gentileza de Magdalena y María Paulina Vlaho)

Una bienvenida cálida

Las puertas del centro croata siempre estuvieron abiertas para todos. Vimos pasar a profesionales, estudiantes, trabajadores, viudas, ancianos, y autoridades políticas y eclesiásticas.

A todos nos recibía cálidamente el padre Lino, a cualquier hora, cualquier día de la semana. Su casa siempre fue también nuestra. Claro que estoy hablando de la época en que el padre ya se acercaba a los setenta años. Su ardua obra pastoral, en parte, ya había quedado atrás. Un personaje muy querible. Sencillo. Y con el que era muy fácil conversar, con la garantía de obtener respuestas directas, sin rodeos.

Desde Pašman hasta Santa Fe

El padre Lino Pedišić nació en la isla de Pašman en 1918. En 1944 fue ordenado sacerdote en Dubrovnik, en la orden de los Franciscanos Menores. Los tiempos extremadamente difíciles por los que atravesaba la historia hicieron que el padre Lino debiera irse, no solo de Dubrovnik, sino de su patria, rumbo a Austria. Allí se incluyó en el trabajo pastoral con su pueblo. Por orden de sus superiores, en 1946 viaja a Roma, de allí a España y luego a la Argentina, llegando así a Chovet, provincia de Santa Fe, donde había muchos croatas. Como dato curioso, al investigar un poco a Chovet y su historia, entre los “habitantes notables” de la ciudad, que cuenta con unos 2500 habitantes, se encuentra una mayoría de apellidos croatas.

Es importante destacar que el padre Lino no solo trabajaba con sus connacionales. También visitaba con frecuencia otras comunidades de la provincia en Salto, Capitán Sarmiento, Rosario, Villa Mugueta, y otros. En Chovet fue donde lo nombraron párroco de la iglesia de San Antonio de Padua. Fue también en esa ciudad donde el padre Lino fundó un hogar para niños huérfanos de la posguerra que, en 1951, fue trasladado a Miramar, Córdoba, gracias a la donación, por parte del croata Martin Hum, de un hotel que fue adaptado a las necesidades de la institución. Muchos de los niños que pasaron sus primeros años allí, alcanzaron incluso a finalizar sus estudios universitarios.

El ángel de los inmigrantes y refugiados

El padre Lino fue luego trasladado a Buenos Aires, y nombrado secretario de la Comisión Católica Argentina de Inmigración, cargo que ocupó hasta 1983. En el marco de este cargo, en 1969 presentó en Ginebra la idea de coordinar la tarea de los países latinoamericanos a través de una secretaría conjunta, para la cual fue designado secretario de enlace.

Y aquí tengo que hacer un paréntesis. A principios de los años ochenta, el padre Lino pidió a algunos jóvenes que fuéramos, vestidos en trajes típicos croatas, a representar a Croacia en la misa y celebración del Día del Inmigrante. Fue allí donde nos dimos cuenta de la gran dimensión del significado de la inmigración, viendo un mar de personas de todas las nacionalidades, mayormente europeas y latinoamericanas, celebrando al país que los había recibido con los brazos abiertos. Pero también nos dimos cuenta del gran amor y respeto que la gente sentía por el padre Lino. Para nosotros, hasta entonces, él estaba enmarcado en el trabajo en la colectividad croata, de la que solo éramos testigos durante los fines de semana, mientras participábamos de nuestras actividades en el centro croata. Pero a partir de aquel momento, se nos había abierto una ventana hacia una visión de su gigante obra de pastoral.

Cáritas y los Centros Croatas

Ya instalado en Buenos Aires, en 1969 fundó el Cáritas croata Cardenal Stepinac, que sigue funcionando hoy en día, gracias a la colaboración de muchas mujeres de la colectividad.

Pocos años más tarde, junto con la asistencia del fraile Marjan Zlovečera, inició la construcción del Centro Religioso Croata San Nicolás Tavelić, en la capital argentina, en una zona que aglutinaba a muchísimos croatas y sus descendientes, y que continúa funcionando activamente en la actualidad. También abrió otro centro religioso en el conurbano de Buenos Aires, en la ciudad de San Justo, donde vivían más de cinco mil croatas, la iglesia de San Leopoldo Mandić.

Y se fue en silencio…

En su espíritu franciscano, con su sencillez y alegría, se fue de la misma forma en la que había vivido, de una manera tranquila y sin llamar la atención. Dejó, en todos los que tuvimos la bendición de conocerlo, una lección de humildad, entrega y servicio. Y para las generaciones siguientes, además de un ejemplo de vida, un espacio de oración, un espacio donde se es siempre bien recibido.

Agradezco los datos brindados por Stella Hubmayer y el fraile Jozo Peranić.